En una ciudad donde ahora hasta respirar parece tener límite de velocidad, hay cosas que evidentemente siguen yendo a fondo, y no hablamos solo de las motos.
El dato es casi poético, si no fuera trágico: una motocicleta circulando a 70 km/h, una huella de frenado de 23,70 metros dibujada sobre el asfalto, un intento desesperado por detener lo que ya venía fuera de control y un final previsible, el impacto.
Hasta ahí, una escena más de las tantas que alimentan la estadística vial, pero en Villa María siempre se puede ir un poco más allá. Ya que la Cámara Civil y Comercial de la ciudad decidió que en esta historia, el responsable no fue el que manejaba la moto excedido de velocidad y sin poder controlar su vehículo, sino el automovilista, el mismo que ya estaba doblando en la intersección de Paraguay hacia Ecuador cuando fue embestido.
¿El resultado? condenado a pagar el 70% de la indemnización y el 100% de los costos. Negocio redondo, aunque el choque no lo haya sido.
En primera instancia había dicho algo bastante lógico, que “si la motocicleta hubiese circulado a velocidad reglamentaria, el accidente no habría ocurrido”. Incluso destacó lo evidente, “si necesitás casi 25 metros para frenar, el problema no es la calle”. Pero en la segunda instancia, el criterio tomó otra curva tal vez más peligrosa que la del propio accidente. Todo esto en el juicio: “F., M. F. C/ M., J. A. – ORDINARIO”.
Mientras tanto, el municipio avanza contra las llamadas “hordas” de motos. Ordenanzas, multas triplicadas, decomisos definitivos, inspectores habilitados a cortar cadenas, candados y hasta desconectar equipos de sonido. Todo en nombre de una convivencia que según los vecinos, hace rato viene siendo atropellada.
A eso se suma la flamante reducción de velocidad que desde el 1 de marzo de 2026, las calles internas de la ciudad tienen un máximo de 30 km/h, una medida pensada para cuidar vidas o al menos para intentarlo.
El problema es que mientras desde el Ejecutivo se aprieta el freno, desde otros sectores parece que alguien pisa el acelerador en sentido contrario. Porque combatir el descontrol vial con ordenanzas y operativos puede ser necesario, pero si cuando ocurre un accidente da lo mismo ir a 30 que a 70 km/h, entonces el esfuerzo pierde fuerza.
En definitiva, en Villa María hoy conviven dos realidades: una ciudad que intenta ordenar el tránsito y otra donde al parecer perder el control no siempre implica perder. Y así como entre normas, fallos y frenadas largas, la pregunta queda flotando en el aire, o mejor dicho, sobre el asfalto, ¿quién pone realmente el freno?
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