El caso tenía todos los elementos para impactar: un delito aberrante, una acusación grave, una historia que, contada rápido, cerraba. Abuso sexual gravemente ultrajante a un vecino. Víctima y victimarios con más de 65 años. Palabras que pesan. Que golpean. Que quedan.
Y en el medio, Hugo Chiosso que hacía 800 días estaba preso. Ochocientos días son más de dos años. Dos años adentro, esperando que el sistema haga lo que tiene que hacer desde el primer día: probar si había abusado al vecino.
Pero cuando el juicio empezó, lo que parecía sólido empezó a desarmarse.
La víctima nunca pudo decir que vio a Chiosso. No lo escuchó. No lo reconoció. No pudo ubicarlo. A partir de ahí, todo fue reconstrucción. Suposiciones. “Podría haber estado”. “Capaz que fue”. Un relato que intentaba completar lo que faltaba.
Y faltaba lo central: la defensa no hizo ruido. Al contrario: fue punto por punto, mostrando que el lugar no era el que se describía, que no había encierro, que los testigos no confirmaban nada concreto, que la pericia médica llegó dos meses después y que los propios profesionales dijeron que no se podía saber ni cuándo ni cómo ocurrió la lesión. Inclusive, que el primer examen se hizo sin protocolos básicos.
Entonces quedó lo que queda cuando se corre todo lo accesorio: una acusación grave sin prueba firme. El tribunal hizo lo único que podía hacer era absolver al acusado. No porque el delito no sea aberrante: lo es, y por eso mismo no se puede condenar a alguien sin estar seguros.
Chiosso salió después de 800 días. Salió porque, cuando la defensa de Pablo Maccarini y Leonel Gómez pusieron el caso bajo la lupa, no había cómo sostenerlo.
A veces la justicia no está en lo que se dice al principio, sino en lo que resiste cuando se lo mira de cerca. Este caso no resistió.
Información de servicio:
